Cuando comienzo una obra o una serie nueva, no parto de una idea ni de un concepto.
Parte de algo mucho más difícil de explicar: la sueño.
No es un sueño nocturno común, pero tampoco es imaginación racional.
Es una experiencia poderosa, previa, donde la obra aparece ya completa. La veo montada, terminada, habitando un espacio.
Veo su escala, su peso, su silencio.
Veo cómo se sostiene y, sobre todo, qué no puede tocarse ni cerrarse.
Esa visión no responde a la lógica ni a la planificación: sucede.
Después despierto —o vuelvo— y empieza el verdadero trabajo.
El desafío no es inventar la obra, sino cómo lograrla. Cómo traducir al mundo material algo que ya fue vivido en otro plano, uno que no obedece a la razón ni al orden del tiempo.
Por eso el montaje nunca es una instancia posterior para mí. Está presente desde el origen.
Saber cómo va a estar en el espacio, qué distancia necesita del muro, cómo se aproxima el cuerpo, es parte de esa primera visión. Improvisar el montaje sería traicionar la experiencia inicial, como si negara aquello que se me reveló antes de empezar.
Trabajo desde ahí. Desde una imagen adelantada que no puedo explicar del todo, pero que puedo cuidar.
No busco llenar ni resolver.
Me interesa dejar huecos, zonas abiertas, lugares donde algo siga entrando.
El vacío no como falta, sino como umbral. Un espacio mínimo donde aparece una forma tenue de esperanza, frágil, sin promesas.
Sé que nunca podré reproducir exactamente lo que vi. Siempre hay una distancia entre el sueño y lo posible.
Aceptar esa pérdida también es parte del trabajo. Ajustar, insistir, soltar.
Permitir que la obra sea lo que puede ser sin perder lo esencial.
No trabajo desde la razón solamente.
Trabajo desde algo que se me adelanta, que no controlo del todo, pero que reconozco cuando aparece.
Mí tarea es ser fiel a eso.
Bea Iorio

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